miércoles 21 de mayo de 2008
LOS MILEURISTAS
domingo 27 de abril de 2008
PULGARJOYA
Cada determinado tiempo, hago un repaso de la ropa que tengo con el objeto de ir deshaciéndome de aquéllas prendas que voy a dejar de usar. Unas veces es porque se me ha quedado pequeña, otras porque está demasiado sobadilla, otras porque tras mucho pensar, me doy cuenta de que aunque las guarde años y años, no me las voy a volver a poner.Es fácil, lo meto en una bolsa y, o bien se lo doy a alguien o lo meto en algún contenedor de ropa de esos que ponen a veces en la calle. Alguna vez he intentado dejarlo en alguna parroquia pero me han largado con cajas destempladas.
En general, no me gusta acumular cosas. Me da un pronto y empiezo a tirar cosas que no sé muy bien porqué gaitas tengo en mi poder.
El día de los relojes descubrí que tengo bastantes joyas que no me pongo. Las joyas de oro amarillo las fui arrinconando porque me dejó de gustar su brillo pero nunca he sabido qué hacer con ellas. Algunas son un regalo de mi madre y esas, me las quedaré toda la vida porque ella me las regaló con mucho cariño.
Pero guardo otras, sobre todo pendientes que con el paso de los años se me antojan horteras, feos, pasados y, vaya, para eso no hay contenedores posibles. Estuve dándole vueltas y al final se me ocurrió hacer un experimento.
El primer par los dejé tirados en la calle. Cerca de una mierdecilla de perro. Los dejé abandonados. No miré atrás y un par de horas más tarde, cuando pasé por ahí otra vez, ya no estaban.
El segundo par los dejé en un murito apoyaculos. También desaparecieron en un santiamén.
El tercer par, que ni eran pareja ni nada por el estilo, los dejé en la entrada del metro. No sé cuanto tardaron en volar. Al día siguiente desde luego que no estaban.
En resumen, que no me sentí culpable como los que abandonan un perro. Los pendientes, enseguida encontraron dueño y eso que eran malos, malos, malísimos. Bisutería baratilla. Pero a todo el mundo le hace ilusión encontrarse un tesoro en la calle y si brilla, aunque sea cristal de botella, pues hacemos una pirueta mental.
Seguiré experimentado con otro tipo de objetos. Estoy segura de que todo lo que deje en la calle, será recogido por otro.
jueves 17 de abril de 2008
TIC TAC
El tiempo, los relojes, el tic tac.
Hace un par de años decidí quitarme el reloj de la muñeca. Entre el movil, el ipod, los relojes de la calle y el agobio que empezó a darme el llevar algo que me aprisionaba, los aparqué y les dije adiós.
En las últimas semanas me he empezado a cansar de tener que sacar el móvil o el ipod del bolso, más bien, de sus profundidades para averiguar la hora. Y además, se da el caso de que el ayuntamiento o la madre que los parió decidió quitar unos postes que informaban de la hora y, genialmente, de la temperatura. Ambos datos que desde siempre me tienen muy pendiente. Como si el saberlo cambiara el tiempo de que dispongo o la temperatura que sienta en mi cuerpo.
Y me pregunto yo. ¿Para qué miro tanto la hora? No puedo evitarlo, Necesito saber de cuanto tiempo dispongo, si voy a ser puntual, si me puedo permitir ir a un paso más tranquilo. Tic tac. El reloj nos gobierna desde tiempos inmemoriales.
Así que el otro día volví a casa. Rebusqué entre los cajones. Encontré mis relojes y, puñetas, ninguno funcionaba. Los metí en una bolsa y me fui a un taller de reparación de relojes.
Siempre con prisa. Llegué y esperé a los que me precedían. Mientra esperaba me ponía nerviosa. El tiempo pasaba y no sabía cuanto. ¡Coño, si estoy en un sitio lleno de relojes! Alguno me dará la hora.








