miércoles 21 de mayo de 2008

LOS MILEURISTAS

Creo que fue ayer que entre que me iba y no me iba a la cama me entretuve viendo un documental en el que hablaban de los mileuristas.
El ingenioso adjetivo lo creo una muchacha escribiendo sobre este fenómeno en una carta que dirigió a un periódico, desde entonces está metida en todos los saraos donde se hable de los mileuristas. incluso hasta en el documental de ayer, con lo que me imagino que habrá dejado de ser mileurista.
De acuerdo, sí, hay tropecientos mil mileuristas en España lampando por traspasar esa barrera y pasar a ser ¿milquinientoseuristaS? Pero el fenómeno no es nuevo, ni mucho menos, que parece que estén descubriendo la pólvora. Mi padre o el padre de un anónimo que yo conozco tenían que currar hasta en tres sitios para poder pagar un alquiler, hipoteca o hijos. ¿Cómo lo hacían?
Dos de las personas que salían ayer en el documental eran licenciados en filosofía. Sí, está muy bien ir a la universidad y formarse pero, ¿No deberían enseñarnos oficios rentables? Mi hermano estudió filosofía y ahora vende libros. Vivimos en una sociedad en la que solo a unos pocos afortunados se les paga por filosofar y probablemente, no hayan tenido que estudiar para ello.
La sociedad ha cambiado, ya no hay casi demanda de personas con un oficio, una artesanía. No, la mayoría hemos ido a la universidad a que te enseñen a pensar en cómo pensar en lo que piensan los demás. O a pensar en como hacer máquinas que diseñen máquinas para trabajar. O pensar en qué están pensando los que piensan en ganar dinero a costa de lo que compres o desees comprar de cara al futuro.
Y me pregunto ¿Cómo se valora lo que cada uno aporta a la sociedad? El perfil del mileurista según decían ayer es el de un licenciado de unos 25 años que no puede irse de casa de sus padres porque no tiene para comprarse un piso.
¿Comprarse un piso? Hay personas que opinan que es un derecho. Lo que sí es un derecho es tener (no en propiedad) una vivienda digna (a ver cómo se barema la dignidad viviendil)
Resulta que ahora nos venden la idea de que tenemos derecho a todo: a comprarnos una casa, un coche, un móvil, un mp3. Supongo que la publicidad tiene la culpa. ¿Tenemos derecho a tener todas esas cosas? Pero... si soy mileurista ¿Cómo me lo voy a comprar?
Creo que estamos un tanto confundidos. No son peores las condiciones ahora que hace 20 ó 30 años, lo que pasa es que casi todo aquello que queremos, que suelen ser cosas que no son realmente necesarias, no están a nuestro alcance sino al de los ricos pero es que, siempre ha habido clases y clases y ahora, no estamos tan mal, hay una clase media bastante extendida.
No sólo hay que pretender que se suban los salarios, lo que tendríamos que luchar es contra el estúpido consumo que nos agobia. A decir verdad, si no estamos trabajando, a buen seguro que estamos comprando, algo, lo que sea, comprando o gastando agua o luz.
Y todo esto lo pensaba mientras hacía la compra con mi estúpido carrito ingobernable, después de haber franqueado la puerta, después de haber saludado al simpático inmigrante, todo sonrisa y todo educación, con su esperanza en el periódico La Farola. Y yo me sonrío mientras oigo a mi hija con su lengua de trapo decirme ¿el negro? Y que conste que no es racismo, al semáforo le llama el verde.
¿Qué pensará el negro de la farola, alma de cántaro viéndonos salir y entrar con bolsas, con monedas tintineando en nuestras manos, con tarjetas de crédito, con billetes? ¿Qué pensará este hombre que con mil euros alimentaría a toda su familia. Y yo, ¿a qué venía al supermercado? Ah, sí, a comprar tomates para hacer un rico gazpacho.

domingo 27 de abril de 2008

PULGARJOYA

Cada determinado tiempo, hago un repaso de la ropa que tengo con el objeto de ir deshaciéndome de aquéllas prendas que voy a dejar de usar. Unas veces es porque se me ha quedado pequeña, otras porque está demasiado sobadilla, otras porque tras mucho pensar, me doy cuenta de que aunque las guarde años y años, no me las voy a volver a poner.

Es fácil, lo meto en una bolsa y, o bien se lo doy a alguien o lo meto en algún contenedor de ropa de esos que ponen a veces en la calle. Alguna vez he intentado dejarlo en alguna parroquia pero me han largado con cajas destempladas.

En general, no me gusta acumular cosas. Me da un pronto y empiezo a tirar cosas que no sé muy bien porqué gaitas tengo en mi poder.

El día de los relojes descubrí que tengo bastantes joyas que no me pongo. Las joyas de oro amarillo las fui arrinconando porque me dejó de gustar su brillo pero nunca he sabido qué hacer con ellas. Algunas son un regalo de mi madre y esas, me las quedaré toda la vida porque ella me las regaló con mucho cariño.

Pero guardo otras, sobre todo pendientes que con el paso de los años se me antojan horteras, feos, pasados y, vaya, para eso no hay contenedores posibles. Estuve dándole vueltas y al final se me ocurrió hacer un experimento.

El primer par los dejé tirados en la calle. Cerca de una mierdecilla de perro. Los dejé abandonados. No miré atrás y un par de horas más tarde, cuando pasé por ahí otra vez, ya no estaban.

El segundo par los dejé en un murito apoyaculos. También desaparecieron en un santiamén.

El tercer par, que ni eran pareja ni nada por el estilo, los dejé en la entrada del metro. No sé cuanto tardaron en volar. Al día siguiente desde luego que no estaban.

En resumen, que no me sentí culpable como los que abandonan un perro. Los pendientes, enseguida encontraron dueño y eso que eran malos, malos, malísimos. Bisutería baratilla. Pero a todo el mundo le hace ilusión encontrarse un tesoro en la calle y si brilla, aunque sea cristal de botella, pues hacemos una pirueta mental.

Seguiré experimentado con otro tipo de objetos. Estoy segura de que todo lo que deje en la calle, será recogido por otro.

jueves 17 de abril de 2008

TIC TAC

El tiempo, los relojes, el tic tac.

Hace un par de años decidí quitarme el reloj de la muñeca. Entre el movil, el ipod, los relojes de la calle y el agobio que empezó a darme el llevar algo que me aprisionaba, los aparqué y les dije adiós.

En las últimas semanas me he empezado a cansar de tener que sacar el móvil o el ipod del bolso, más bien, de sus profundidades para averiguar la hora. Y además, se da el caso de que el ayuntamiento o la madre que los parió decidió quitar unos postes que informaban de la hora y, genialmente, de la temperatura. Ambos datos que desde siempre me tienen muy pendiente. Como si el saberlo cambiara el tiempo de que dispongo o la temperatura que sienta en mi cuerpo.

Y me pregunto yo. ¿Para qué miro tanto la hora? No puedo evitarlo, Necesito saber de cuanto tiempo dispongo, si voy a ser puntual, si me puedo permitir ir a un paso más tranquilo. Tic tac. El reloj nos gobierna desde tiempos inmemoriales.

Así que el otro día volví a casa. Rebusqué entre los cajones. Encontré mis relojes y, puñetas, ninguno funcionaba. Los metí en una bolsa y me fui a un taller de reparación de relojes.

Siempre con prisa. Llegué y esperé a los que me precedían. Mientra esperaba me ponía nerviosa. El tiempo pasaba y no sabía cuanto. ¡Coño, si estoy en un sitio lleno de relojes! Alguno me dará la hora.

El de cucú estaba muerto. Su caja, imitando el tronco de un árbol parecía seco hacía siglos. Un carillón descansaba las horas muertas. El péndulo se movía como un alma en pena pues sus agujas habían desaparecido. Obviamente, era un sitio de relojes muertos. Tic tac. Al fondo vi uno de esos redondos de cocina. Tic tac. Odio ese ruido.

De pequeña dormí durante unas semanas en una habitación en la que debía haber unos quince relojes. El tic tac me producía insomnio. No soporto desde entonces un tic tac en mi cabeza, en la habitación. No puedo. Me desequilibran mentalmente. Más.

El relojero puso pila a los tres relojes. Me fui más contenta que unas castañuelas. Ahora podré ver la hora siempre que quiera. Sin sacar el móvil del bolso. Sin espiar a los viajeros esperando a que sus relojes asomen de sus mangas. Tic tac.