"Próxima estación: Diego de León, correspondencia con línea tal y cual"
Salgo del vagón y pienso con aburrimiento que esta estación es un coñazo, tiene uno de los pasillos más grandes de toda la red de metro, menos mal que casi nunca la utilizo pero hoy, no me queda más remedio.
Enfilo el pasillo y a lo lejos oigo una canción: "Reloj, no marques las horas porque voy a enloqueceeeeerr..."
Vaya, la última vez que pasé por aquí un anciano tocaba un triste violín. Era tan anciano que parecía que se iba a desmigajar con un soplido. A su lado, sentada en una silla una mujer (su mujer supongo) le prepara un bocadillo. Saca la servilleta y se lo pone en el regazo esperando que el violinista termine de tocar la pieza. Me pareció tan maravillosa la escena que me quedé un rato haciendo como que escuchaba. Al final, les dí unas monedas y me fui con el alma en un puño. Cuánto amor en ese violín escondido en un pasillo del metro.
Hoy iba escuchando: "ella se irá para siempreeeeee..." Me sonaba la voz pero me parecía imposible. No podía ser y al volver la esquina, allí estaba él, con su carro de la compra granate, su sillita de playa y su voz.
¿Miro, no miro? ¿Saludo, no saludo? ¿
Qué hace mi vecino en esta estación? Terminé por acostumbrarme a verle en la estación de Goya, la mía, la nuestra. Ya le tenía cogido el movimiento de cabeza al saludarle. Encontrarle aquí, fuera de nuestro lugar común...
¿Y ahora qué? ¿Qué pasa con el acuerdo tácito de no darle una moneda? Cuando me cruzo en el portal con la vieja del pelo amarillo refunfuñona no me planteo si darle una moneda.
Me pone nerviosa ver a este hombre, mi vecino. Me pone nerviosa y me hace gracia a la vez. Le oigo cantar en el metro y le oigo animar a su equipo de fútbol a través de las paredes.
"Reloj, no marques las horas..."